Elvi Rot es una de las huéspedes más antiguas del cotolengo. En tanto miembro fundadora del hospicio para artistas de clausura es sumamente respetada por los menganos. Por su larga experiencia de vida es tenida, sin reparos, como la encarnación de la sabiduría popular.
Entrañable para los menganos y, tan loca como todos, es considerada la Madre de esta particular familia que conforman la comunidad de Menganos. Al parecer y más allá de su función simbólica, Elvi Rot sería efectivamente madre biológica de dos de los huéspedes de Mengano: La Prof. Ciencias de la E, su primogénita y El Erudito Benito, su benjamín.
De ella los menganos habían adoptado un sinnúmero de dichos que sintetizan los supuestos aceptados del saber vulgar y bajan al llano las verdades existenciales de mayor vuelo intelectual que se debatían en el claustro durante las sesiones de psicoarte.
Las malas lenguas, como la de La Pochinga –sobrenombre con el que La Rot había bautizado a La Maga Malvada- aseguraban, no sin algo de razón, que la obra de sus hijos eran intentos desesperados de justificar teóricamente las taxativas afirmaciones de la madre que los parió. Cuando los susodichos se alteraban por este tipo de intervenciones malvadas de la Maga que ponían en evidencia su Edipo no resuelto, Elvi Rot los consolaba diciendo: “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”, citando al quijotesco Miguel de Cervantes, a quien ambos retoños académicos admiraban por su pluma, su creatividad y su locura. De este modo las artimañas insidiosas de la Maga eran desbaratadas mediante la astucia de la perspicaz madre.
Después de todo, “Madre hay una sola” y de eso, en el Cotolengo, no cabían dudas.
Entrañable para los menganos y, tan loca como todos, es considerada la Madre de esta particular familia que conforman la comunidad de Menganos. Al parecer y más allá de su función simbólica, Elvi Rot sería efectivamente madre biológica de dos de los huéspedes de Mengano: La Prof. Ciencias de la E, su primogénita y El Erudito Benito, su benjamín.
De ella los menganos habían adoptado un sinnúmero de dichos que sintetizan los supuestos aceptados del saber vulgar y bajan al llano las verdades existenciales de mayor vuelo intelectual que se debatían en el claustro durante las sesiones de psicoarte.
Las malas lenguas, como la de La Pochinga –sobrenombre con el que La Rot había bautizado a La Maga Malvada- aseguraban, no sin algo de razón, que la obra de sus hijos eran intentos desesperados de justificar teóricamente las taxativas afirmaciones de la madre que los parió. Cuando los susodichos se alteraban por este tipo de intervenciones malvadas de la Maga que ponían en evidencia su Edipo no resuelto, Elvi Rot los consolaba diciendo: “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”, citando al quijotesco Miguel de Cervantes, a quien ambos retoños académicos admiraban por su pluma, su creatividad y su locura. De este modo las artimañas insidiosas de la Maga eran desbaratadas mediante la astucia de la perspicaz madre.
Después de todo, “Madre hay una sola” y de eso, en el Cotolengo, no cabían dudas.
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